El recorrido que hace un diseñador para poner su nombre en la escena no es simple. Lentamente van acaparando espacios, haciéndose de una identidad y logrando hacer diferencia con un estilo que se pule con el tiempo y las exigencias de los clientes, así sea una revista como Elle en su edición francesa o japonesa, o un dj francés.

Stephane Manel nace en Épinal en 1971 y se muda a París con su familia cuando niño. Estuvo dos años en la Escuela Superior de Artes Gráficas (ESAG) de Penninghen y tuvo una efímera experiencia trabajando en la dirección artística para Virgin Francia.

Ilustró libros infantiles en la renombrada editorial Gallimard antes que su camino se cruzara con el creador del sello discográfico de Bertrand Burgalat: Tricatel, comenzando una fructuosa relación que duraría cuatro años.

Manel reconoce la influencia que el trabajo de diseñadores como René Gruau o Antonio López ha ejercido en su obra, así como la inclinación a dibujar siluetas femeninas que comparte con su admirado Milo Manara.

En una entrevista en Magic Magazine afirma que de joven, al hacer las portadas de los casetes donde grababa música, prefería «no preocuparse tanto por la técnica, sino privilegiar la sensibilidad, así en la música, como en el diseño».

Y es en estos caminos bifurcados donde vemos la esencia de sus ilustraciones minimalistas, dibujos donde las explosiones de colores nunca llegan a un ataque barroco, sino que se mantienen contenidas de tal manera que se crea un balance, una armonía visual.

Manel otorga a la tinta un carácter auténtico que afirma trazo a trazo el pleno dominio sobre la técnica, una técnica que nace de la percepción que captura este artista con sus sentidos, y que nos llevan a querer seguir el rastro que deja su pluma, aún, cuando vemos que ya ha dejado el papel sobre el que dibujó.