En ocasiones es necesario simplificar las cosas al máximo posible cuando intentamos abarcar algo más complejo, en este caso: el otro que habita en nosotros.
Fuera de explicaciones que rayarían en la psicología más barata, “Black Swan” (Aronofsky, 2010) propone una historia muy conocida, la del doble, pero con variantes que la vuelven más intensa y propositiva.
Nina (Natalie Portman) es una bailarina en ascenso, y como tal, se ve sometida a cambiar de paradigmas en busca de una perfección que posee, pero en potencia. Para alcanzar su máximo nivel debe trastocar su personalidad y exponer su parte oscura, es decir, materializarla en sí misma para lograr la perfección que un arte como la danza exige.








