Abrir un álbum de fotos familiar siempre guarda cierta nostalgia por un tiempo perdido. Aunque estén bien resguardados los libros, pareciera que una capa fina de polvo los cubre, los cobija.

Ahora es más fácil vernos bombardeados por aspirantes a fotógrafos que toman ventaja de las facilidades de hacerse con una cámara digital y tirar y tirar y tirar hasta dar con un cuadro logrado.

No es el caso de Katherine Squier.

Para empezar, ella toma sus fotos en filme. Y ya con eso toma una buena distancia de los aspirantes a fotógrafo con los que día a día nos topamos en la web.

El trabajo de Squier es intuitivo. Ella toma el instante preciso donde siente el deseo, la desesperanza, la incomunicación. Espaldas que nos hablan y puntos de fuga donde nos perdemos. La realidad concreta del momento que no volverá.

La sencillez con que se apropia de la luz es conmovedora. Incluso la efímera biografía que nos da en su página katherinesquier.com/ toca fibras sensibles: «I was born with my sister on June 23, 1988 in Austin, Texas. / I try to live with awareness and photography allows me to capture moments that inspire me as I live them.»

De su obra resaltaría aquellas donde aparecen personas. Katherine guarda tanta familiaridad con los sujetos que en momentos pareciera negarlos como tal. Como si alejarse de ellos le permitiera apropiárselos.

A fin de cuentas, les “roba su alma”, para qué molestarse en invadirlos cuando puede llevarse lo más valioso de ellos sin tocarlos: su escencia.

Después de todos los maestros de la imagen, venir a toparse con el trabajo sensible de una persona que goza del don de ver lo que los demás no vemos, nos resulta gratificante: ella es uno de nosotros que «gusta de los buenos abrazos y del tipo de risas que te hace terminar tirado en el suelo.»

No estamos solos después de todo.